cargó una bolsa en cada brazo, contra los codos, y salió a la calle como un boxeador.
Ahora bien: una vez en la calle el viejo notó -para desesperación de una chica joven que estaba tras él en la fila de pago- que tenía los cordones desatados. Se arrima el viejo a una camioneta estacionada frente al almacén del barrio y ocurre lo siguiente:
coloca el viejo las bolsas sobre el capó de la camioneta
-no sin perjuicio del equilibrio de algún vívere-
se refriega los ojos
hace una brevísima flexión de brazos
y estira las manos hacia el cielo
como pidiendo ayuda divina.
Luego, con la lentitud que le dan a los viejos determinadas circunstancias (a saber
1: el ser viejos
2: el no tener a dónde ir con rapidez
3: el carecer de la rapidez antedicha)
baja vértebra por vértebra doblándose hacia el piso
en un esfuerzo digno de un acróbata francés.
Para desgracia de la chica joven de la fila del pago,
de la señora detrás de ella,
de un repositor que por ahí pasaba
y del viejo en particular,
las manos no alcanzaron sus zapatos y entonces, después de enderezarse con la lentitud que etcétera, echa una rápida mirada a izquierda y derecha (para asegurarse, supone la chica joven de la fila del pago, de que nadie iba a robarle las bolsas)
(compró terma y verduras, acredita la señora detrás suyo)
(y un foquito, agrega el repositor)
(hay que no tener corazón para robarle a un viejo, suspira el cajero).
El viejo se acerca nuevamente hasta el almacén del barrio donde,
no sin esfuerzo,
sube con lentitud el pie izquierdo hasta apoyarlo en el alféizar de la ventana, peligrosamente cerca de la pizarra de ofertas
(¡hoy! queso cremoso horma riquísimo $400 kg ).
A esta altura de la soirée,
la chica joven de la fila del pago, la señora detrás de ella, el repositor y el cajero del almacén del barrio aguantan la respiración como en esas escenas de las películas de terror en donde uno sabe que está por ocurrir algo ominoso, y se preparan sin hacer espamento para atender la catástrofe, que es lo que hacen los verdaderos héroes. Pero el viejo,
que como todo viejo cumple en hacer bien lo que se le canta bien el culo,
porque estuvo en la guerra o porque pasó su infancia trabajando en el campo o porque para algo tiene noventa años y nadie le va a decir qué hacer
¡y mucho menos! cómo atarse los zapatos,
con profunda indiferencia se ajusta los cordones cola de ratón.
Primero les hizo un nudo
y después les hizo una rosita
y volvió a bajar el pie que, ya cerca de su par, emprendió el regreso a la camioneta donde estaban, intactas, las bolsas. Las calza nuevamente contra los lados internos de los codos
reestructura un equilibrio precario
y avanza por la vereda.
Suspiros aliviados de la chica de la fila del pago, de la señora detrás de ella
(le quedó torcida la rosita, dice)
del repositor y del cajero. Ahora la muchacha hace pasar por la caja un vino tinto y medio kilo de pan. Todo vuelve al orden normal de las cosas, pero entonces el viejo siente calor.
El aire puede cortarse con un cuchillo.
La chica joven aguanta la respiración.
La señora tose, por hacer algo.
El repositor se prende un pucho.
El cajero suspende el vino en el aire.
Con los cordones bien atados y sujeto al piso por la fuerza inapelable de la gravedad, el viejo busca la forma de sacarse de encima la campera de lana sin tener que dejar otra vez abandonados el terma, las verduras y el foquito.
Así son los presagios de las tragedias,
los momentos últimos antes de que el mundo deje de ser tal como lo conocemos.
Toda la vida pasa por delante de los ojos de la botella de terma:
la cosecha de sus hierbas,
su primera mezcla,
el envasado
y el día en que la sacaron de la caja y la acomodaron en la góndola junto a otras de sus compañeras.
Hoy, cuando el viejo la eligió, una entre una veintena, a ella,
y la palpó cuidadosamente
y le midió la temperatura
y hasta la miró con algo que puede ser amor
o la forma de deformar los ojos que dan las cataratas;
el momento en que la arropó bajo su brazo y cuando la pagó en la caja.
Ahora la posibilidad de la destrucción es total porque después de tanto esfuerzo al viejo se le da por cometer la locura de sacarse el abrigo sin largar las bolsas.
No ocurre mucho en la vida de una botella de terma.
La chica joven y la señora y el repositor y el cajero ya la están viendo venir: la botella hecha pedazos en el piso, sin tiempo a que nadie beba de su interior, los vidrios que dejan de ser la piel para convertirse en la amenaza.
El viejo, que todo lo ignora y a quien todo le nefrega,
se pega una sacudida del hombrito izquierdo,
luego una sacudida del hombrito derecho,
da un par de simpáticos saltitos en el mismo lugar,
y la campera comienza a deslizársele por la espalda, camino abajo.
Ahora el viejo es lo único que se mueve en el mundo.
Primero una mano pasa una bolsa a la otra y se desembaraza del brazo y del puño y después la otra mano devuelve las bolsas y se desprende del segundo brazo. En un momento, el viejo está libre de su abrigo y nunca dejó las compras, en un truco que sería la envidia de otro acróbata francés.
Algarabía general.
Pero la felicidad es finita y la campera está en el suelo, y la chica joven y la señora y el cajero y el repositor ven al viejo descubrir con espanto que su abrigo quedó en la vereda y a la intemperie.
Al borde de la locura el cajero decide tomar el toro por las astas.
Se levanta con un salto gracioso y bailarín,
un salto que bien podría entrar en los anales de la física de un cuerpo
y que medio enamoró a la chica joven (y acaloró a la señora, y le dio envidia al repositor);
en un segundo está en la calle y levanta el abrigo del viejo y le dice
señor, se le cayó la campera
y sin esperar respuesta la hace un bollo
la mete adentro de la bolsa de las verduras
y vuelve tranquilamente a su lugar, ante los estupefactos ojos del viejo.
Aquí no ha pasado nada, dice el cajero,
que al final sí era un héroe.
La chica paga
la señora discute el precio de la lavandina
el repositor aprovecha para salir a fumarse otro pucho.
Eso me contaron pero yo no sé.
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