viernes, 26 de agosto de 2022

viernes: ayer me contaron de un viejo que salió a hacer la compra semanal al almacén del barrio

cargó una bolsa en cada brazo, contra los codos, y salió a la calle como un boxeador.

Ahora bien: una vez en la calle el viejo notó -para desesperación de una chica joven que estaba tras él en la fila de pago- que tenía los cordones desatados. Se arrima el viejo a una camioneta estacionada frente al almacén del barrio y ocurre lo siguiente:

coloca el viejo las bolsas sobre el capó de la camioneta

-no sin perjuicio del equilibrio de algún vívere-

se refriega los ojos

hace una brevísima flexión de brazos

y estira las manos hacia el cielo

como pidiendo ayuda divina.

Luego, con la lentitud que le dan a los viejos determinadas circunstancias (a saber

1: el ser viejos

2: el no tener a dónde ir con rapidez

3: el carecer de la rapidez antedicha)

baja vértebra por vértebra doblándose hacia el piso

en un esfuerzo digno de un acróbata francés.

Para desgracia de la chica joven de la fila del pago,

de la señora detrás de ella, 

de un repositor que por ahí pasaba

y del viejo en particular,

las manos no alcanzaron sus zapatos y entonces, después de enderezarse con la lentitud que etcétera, echa una rápida mirada a izquierda y derecha (para asegurarse, supone la chica joven de la fila del pago, de que nadie iba a robarle las bolsas)

(compró terma y verduras, acredita la señora detrás suyo)

(y un foquito, agrega el repositor)

(hay que no tener corazón para robarle a un viejo, suspira el cajero).


El viejo se acerca nuevamente hasta el almacén del barrio donde,

no sin esfuerzo,

sube con lentitud el pie izquierdo hasta apoyarlo en  el alféizar de la ventana, peligrosamente cerca de la pizarra de ofertas

(¡hoy! queso cremoso horma riquísimo $400 kg ).

A esta altura de la soirée,

la chica joven de la fila del pago, la señora detrás de ella, el repositor y el cajero del almacén del barrio aguantan la respiración como en esas escenas de las películas de terror en donde uno sabe que está por ocurrir algo ominoso, y se preparan sin hacer espamento para atender la catástrofe, que es lo que hacen los verdaderos héroes. Pero el viejo,

que como todo viejo cumple en hacer bien lo que se le canta bien el culo,

porque estuvo en la guerra o porque pasó su infancia trabajando en el campo o porque para algo tiene noventa años y nadie le va a decir qué hacer

¡y mucho menos! cómo atarse los zapatos,

con profunda indiferencia se ajusta los cordones cola de ratón.

Primero les hizo un nudo

y después les hizo una rosita

y volvió a bajar el pie que, ya cerca de su par, emprendió el regreso a la camioneta donde estaban, intactas, las bolsas. Las calza nuevamente contra los lados internos de los codos

reestructura un equilibrio precario

y avanza por la vereda.

Suspiros aliviados de la chica de la fila del pago, de la señora detrás de ella

(le quedó torcida la rosita, dice)

del repositor y del cajero. Ahora la muchacha hace pasar por la caja un vino tinto y medio kilo de pan. Todo vuelve al orden normal  de las cosas, pero entonces el viejo siente calor.


El aire puede cortarse con un cuchillo.

La chica joven aguanta la respiración.

La señora tose, por hacer algo.

El repositor se prende un pucho.

El cajero suspende el vino en el aire.


Con los cordones bien atados  y sujeto al piso por la fuerza inapelable de la gravedad, el viejo busca la forma de sacarse de encima la campera de lana sin tener que dejar otra vez abandonados el terma, las verduras y el foquito.


Así son los presagios de las tragedias,

los momentos últimos antes de que el mundo deje de ser tal como lo conocemos.

Toda la vida pasa por delante de los ojos de la botella de terma:

la cosecha de sus hierbas,

su primera mezcla,

el envasado

y el día en que la sacaron de la caja y la acomodaron en la góndola junto a otras de sus compañeras.

Hoy, cuando el viejo la eligió, una entre una veintena, a ella,

y la palpó cuidadosamente

y le midió la temperatura

y hasta la miró con algo que puede ser amor

o la forma de deformar los ojos que dan las cataratas;

el momento en que la arropó bajo su brazo y cuando la pagó en la caja.

Ahora la posibilidad de la destrucción es total porque después de tanto esfuerzo al viejo se le da por cometer la locura de sacarse el abrigo sin largar las bolsas.

No ocurre mucho en la vida de una botella de terma.


La chica joven y la señora y el repositor y el cajero ya la están viendo venir: la botella hecha pedazos en el piso, sin tiempo a que nadie beba de su interior, los vidrios que dejan de ser la piel para convertirse en la amenaza.

El viejo, que todo lo ignora y a quien todo le nefrega,

se pega una sacudida del hombrito izquierdo,

luego una sacudida del hombrito derecho,

da un par de simpáticos saltitos en el mismo lugar,

y la campera comienza a deslizársele por la espalda, camino abajo.

Ahora el viejo es lo único que se mueve en el mundo.

Primero una mano pasa una bolsa a la otra y se desembaraza del brazo y del puño y después la otra mano devuelve las bolsas y se desprende del segundo brazo. En un momento, el viejo está libre de su abrigo y nunca dejó las compras, en un truco que sería la envidia de otro acróbata francés.


Algarabía general.

Pero la felicidad es finita y la campera está en el suelo, y la chica joven y la señora y el cajero y el repositor  ven al viejo descubrir con espanto que su abrigo quedó en la vereda y a la intemperie.


Al borde de la locura el cajero decide tomar el toro por las astas.

Se levanta con un salto gracioso y bailarín,

un salto que bien podría entrar en los anales de la física de un cuerpo

y que medio enamoró a la chica joven (y acaloró a la señora, y le dio envidia al repositor);

en un segundo está en la calle y levanta el abrigo del viejo y le dice


señor, se le cayó la campera


y sin esperar respuesta la hace un bollo 

la mete adentro de la bolsa de las verduras

y vuelve tranquilamente a su lugar, ante los estupefactos ojos del viejo.

Aquí no ha pasado nada, dice el cajero,

que al final sí era un héroe.


La chica paga

la señora discute el precio de la lavandina

el repositor aprovecha para salir a fumarse otro pucho.


Eso me contaron pero yo no sé.


sábado, 13 de noviembre de 2021

sábado: tercer piso, chaparrones aislados

 la luz amarilla ésta que me alumbra

y del otro lado:

1) el ramaje que se enciende con el viento en lo naranja

en lo violeta

en la ventana

2) la luna madre atenta

helada, lejos

3) tras las luces

artificios de edificios

la rueda sigue girando

caótica

violenta

negrísima


somos partículas a pilas

el centro de nada

una ilusionsita egocéntrica


sábado: fuegos tempranos

que ardan todas las cosas vivas porque en la vida están los chispazos que ardan nuestros motores y las cenizas cuando muramos que cuando seamos polvo demos a la tierra el calor de lo que ni muerto muere


sábado: gym jam (III)

 Lo importante no es el avance de los otros

sino la firmeza de los nuestros.

Los otros pueden

cavar una trinchera en el frente de las casas

y disparar a cubierto en las noches,

en los días.

Los otros pueden permitirse

lo que nosotros por pudor o por decencia

no.

Lo importante es resistir,

mantenerse en las ideas,

ser flexible con lo humano,

y no perder la ternura

jamás.

Porque al final del cuento,

cuando haya que volver a los que nos aman

y a los que amamos,

lo que verdaderamente importa es ser honesto:

no hacemos lo que debemos,

no hacemos,

ni siquiera,

lo que queremos

(sería algo, ay, tan hermoso)

pero hacemos lo que se puede.

sábado: gym jam (II)

Mis amantes dicen

que matarían por mí,

y yo les creo.

Mis amantes dicen

que huelo como las flores,

jazmines chinos en primavera.

Dicen:

la luna, los mares, todas las selvas tropicales.

Y yo les creo.


Pero las lenguas de mis amantes son frágiles,

un imperio de polvo,

barro y arenas movedizas

sobre el que yo me sostengo

y aunque bailo,

a veces bailo,

otras veces de rodillas me derrumbo y rezo,

con desesperación rezo,

pidiéndole a todas las cosas vivas

que permanezcan un tiempo en el tiempo,

porque soy una persona

que no sabe del equilibrio,

que tambalea,

que ante la más leve de las brisas

es alzada en el aire

y no para en ese vuelo hasta enredarse

en el ojo de los huracanes,

y cuando al fin halla el sosiego,

los lugares conocidos,

se da cuenta de que no,

Toto, no,

Toto, we’re not in Kansas anymore.


sábado: gym jam (I)

Conmigo casi ninguna cosa es difícil.

Difícil me es a mí el dominio de las cosas:

por ejemplo mis manos

o lo que se traduce

ahora mismo

de mi cabeza a mis manos.

Dos animales heridos,

dos cachorritos que buscan a su madre en la caverna.


El control es mi animal mitológico favorito.

La anarquía me arrincona las ideas en el cráneo

y las detona, las hace explotar y ahí sí,

fuera de control,

reventando contra las paredes,

en las calles las ideas,

anarquía

en los cerebros

anarquía

en las voces,

y la pérdida del control

es lo que hace que a la deriva,

arrastrada por la corriente del río,

una vaya descubriendo

los peces

el agua azul profunda oscura

los animales ciegos

que habitan en el fondo

y que tienen al hambre y la anarquía

como único motor.

viernes: ayer me contaron de un viejo que salió a hacer la compra semanal al almacén del barrio

cargó una bolsa en cada brazo, contra los codos, y salió a la calle como un boxeador. Ahora bien: una vez en la calle el viejo notó -para de...